martes, 23 de agosto de 2022

Cuentos participantes

Hace tiempo, no recuerdo de Daniel Vélez Vélez

Regreso de Alejandro Pérez Ortiz

Compartir contigo de Luisa Fernanda Pineda Pulgarín

Relatos de un amor de Valentina Blandón Quintero

Un martes en la Nacho de Mateo Restrepo Borrero

Un paso más de Carmen Johana Calderón Chona

La fortuna de tener una duda de Killy Gutiérrez Guzmán

Un foráneo en casa de Yohan Camilo Sánchez Meza

El poder del contacto de Johana Andrea Estrada Castrillón

La esencia de Diego Alejandro Moreno Pedroza

Re-conocer la tusa en el ámbito universitario y otrasmaricadas sin relación de Alejandro Morales Sánchez

A. y B. en la U. Carlos Andrés Cardona Molina

Espirales de Elías Ricardo Cogollo Valdés

Una zarigüeya en pandemia de Marol Salomé Valencia Calderón

El orbital de Laura Carolina Álvarez Morales

El robo de Iván Estiven Quintero Zuluaga

Una cuidad muy fría de Víctor David Revueltas Rodríguez

Libro inesperado de Johana Isabel Gallego Arroyave

El grito de Luis Miguel Montero Alvarado

Lejanía de Laura Andrea Machado Álzate

Re-surrección de David Javier Giraldo Infante

Semestre de Joan Sebastian Ocampo Trejos

 Es el momento de Daniela Londoño Bermúdez

Cuestión de suerte de Daniel Sepúlveda Acevedo

La elección de Habitar de Juan Esteban Torres

Un largo viaje de Jhon Gesmer Méndez Ávalos

Continuación de Juan Felipe Ocampo Hernández

Introducción para el introductor de Alejandro Bedoya Cataño

Universitas de Antonio José Arroyave Tamayo

Volver a ver el ser de Juan Fernando González Polanco

De vuelta de David Alexander Ávila Báez

lunes, 22 de agosto de 2022

Hace tiempo, no recuerdo de Daniel Vélez Vélez

Desde hace tiempo, no recuerdo quién soy. Me pregunto por mi nombre, por mis deseos, por estas tierras y por mi patria, pero sólo encuentro registros, listas, mapas y banderas. He querido saber mi historia, descubrir qué me ha traído hasta este punto; si es que acaso existe una razón mayor que persigo.

Busco en los rincones de mi mente, la recorro en busca de recuerdos, e interrogo a cuantos me topo: “¿Razón mayor? Mejor siga derecho, que en el camino encuentra razón menor”.

Esta sed de identidad me libra de la rendición y me embarca en un viaje, en un transitar que, de repente, me halló frente a una escena reveladora. Observo a aquellos de mochila al hombro y paso constante. Parecen andar hacia algo conocido, hacia un punto de encuentro, como bajo una fuerza que los arrastra a todos hacia el mismo sitio. Tal determinación me hizo seguirlos, y entrar a un lugar en el que todos confluían. Lo exploré con detenimiento: admiré sus árboles y palmas, sus caminos y olores. Toqué sus paredes que, lentamente, me fueron absorbiendo, y me adentré en sus muros cotidianos y revolucionarios; en las historias que en pintura habían sido plasmadas.

De los muros escuché las preguntas que me había hecho; escuché el surgimiento de la duda en el aula, adquirí el conocimiento que se había forjado, y presencié la dedicación del crecimiento entre los libros, las reglas y los lápices.

Entonces, recordé ¿Quién soy yo? Soy no sólo lo que fui, sino lo que hemos sido. Mi historia es nuestra historia, y mi memoria es nuestra memoria. En aquel bello lugar, en el ágora de las ideas, entre las aulas de la palabra y las líneas del conocimiento, pude recordar lo que he sido.


Regreso de Alejandro Pérez Ortiz

El día estaba claro, una densa capa de nubes cubría el cielo, y aún así dejaba entrar la luz del sol, omnipresente. Manuel fue el de la idea. Volver a la universidad, luego de un año de graduados, ver cómo iban los profes y saludar a algún viejo conocido. Pipe y Tomás dijeron que sí.

Se encontraron en la portería de Punto Cero a las dos de la tarde, sábado, día que todos descansaban del laburo. Al inicio vieron una valla que decía “La UN somos todos”. Comentaron que todo parecía igual a como lo habían dejado un año atrás, cuando por aquella misma portería salían de cachaco, mientras sus padres les seguían por detrás, orgullosos de tantas madrugadas y tanto esfuerzo.

Llegaron a la facultad de humanas. Nueva gente esperaba en la escalera. Extraños rostros manejaban las chazas. En eso vieron a Juan Pablo, compañero que entró con ellos en su corte, colega de tinto y buena charla. Les saludo con cordialidad y cierta lejanía, no ahondando mucho en los detalles, pues ahora era coordinador de un prestigioso semillero y debía acudir a reunión de grupo. Les dijo que fue un gusto verlos, aunque su mirada al piso y una imprudente risa dijeran lo contrario.

Tres de la tarde. En la biblioteca revisaron sus libros más benditos, los que les salvaron los trabajos finales, y también los demonios materializados, verdaderos ladrillos historiográficos que les traía la imagen de ellos a las dos de la mañana, en casa de Tomás, repartiéndose los tres capítulos finales de un libro, pues al otro día no tocaba ni más ni menos que un parcial, de esos que valen 50%. Vieron también los nuevos libros, que en solo un año de su ausencia ya parecían renovar la anticuada estantería; recordaron su sueño de publicar un libro, pero sus monografías no destacaron.  

Cuatro de la tarde. Fueron a dar otra vuelta al bloque, con la esperanza de encontrarse a algún buen profe, que les preguntara por sus vidas y les dijera que todo iba bien, que las clases iban bien, y que tiene algunos cupos en su nuevo proyecto de investigación, pero no fue así. Se encontraron a… ese tipo de profesor, que da clases para cobrar un sueldo. Recordaron que, a pesar de las asperezas, tenían una leve broma en común, la cual invocó Manuel:

-Eh profe, y que de doña Isabel, usted sabe cuál jajaja

- Ah jejejj… (Miró su reloj, pudo haber mirado cualquier cosa) Ya se me hace tarde muchachos, un gusto saludarlos!

El profe se fue caminando por el claroscuro pasillo del primer piso. Estuvieron otros 15 minutos en la plazoleta de la memoria, pero ya nadie habría de recordarlos. Pipe les dijo que a las cinco y media saldría con su novia. Salieron, de nuevo, por Punto Cero. Se despidieron con un leve “suerte” mal pronunciado. El cielo se oscureció, y a los minutos descargó su llanto, un llanto lento, pesado, manchado de una melancolía irreversible. A las 12 pm ya no quedaba nadie en el grupo de WhatsApp.


Compartir contigo de Luisa Fernanda Pineda Pulgarín

Aunque él está a solo diez pasos de sus compañeras, no puede juntarse mucho con ellas, entonces le toca estar solo y entretenerse escuchándolas balar a lo lejos, e imaginar que también está en ese lugar.

Pero Tigo no tiene una mirada triste, él tiene unos ojos saltones y alegres, que miran sin temor, que brillan como dos cristales cafés, y cuando alguien va a saludarlo y le lleva de regalo un banano, ¡él es tan feliz! Que choca cariñosamente su frente, contra la mano de su nuevo amigo.


Relatos de un amor de Valentina Blandón Quintero

- Madre he pasado a la universidad nacional.

En otro caso la respuesta sería satisfactoria, pero doña Flor solo podía sentir angustia

- ¿Mijo usted que va a hacer por allá? (Guatapé estaba muy lejos de Medellín, él era el primogénito sobre tres hijos más, los gastos simplemente no darían abasto)

 Dice que vendía lasañas para mantenerse, vivía en un cuarto en el Carlos E, usualmente iba a clase, tuvo trabajos de oficio en bares y pizzerías, vivía el día a día.  Para mí sus relatos se situaban en los años 2000, hablaba de la locura del cambio de siglo, de las fiestas los viernes en la curva o en el Carlos E, de la vez que le sirvió de modelo en un desnudo a alguien de artes, "se imprimieron fotos por toda la universidad la gente pasaba las rasgaba o las arrugaba" (se reía mientras lo recordaba, no como un acto de rechazo aberrante, sino como la mejor de las bromas nunca hechas).  Mencionaba mucho a su club de cine con sus reuniones de las tardes, así mataba a la rutina sin dejar que se volviera agobiante, sus deudas en la biblioteca eran estrafalarias solía quedarse con los libros mucho más de la cuenta, siempre que me hablaba de la universidad no había nostalgia en su voz, sino un anhelo ferviente por los viejos tiempos, él finalizó un  pregrado en historia, ahora es profesor de humanidades en un colegio prestigioso, han pasado veintiún años pese a ello la primera vez que pise el campus sentía que yo había estado ahí en ese cambio de siglo, en esos corredores y en esos pasillos que tanto él me relataba.

- solo quería decirte que yo conocí tu universidad, que también pasé a la Universidad nacional.


Un martes en la Nacho de Mateo Restrepo Borrero

Ha vuelto llover. No logro escuchar con claridad las palabras del profesor. Tomo nota en mi tableta. Garabateo los signos que la tinta vieja del marcador ha plasmado sobre el tablero. Ya conozco aquella demostración. Afuera sigue lloviendo. Mi mirada divaga por entre los rostros que alcanzo a reconocer y los que no. A veces miro hacia la ventana, tratando de encontrarle cabida al sinsentido que elegí como profesión. Los pájaros me miran preocupado.

Después de casi dos horas de una clase a la cual solo un loco como yo le puede sacar gusto, salgo del salón. No me doy cuenta cuando termina de llover. A lo mejor todavía llueve, solo que el solazo que hace evapora las gotas de lluvia antes de que impacten contra el suelo. Me sitúo a la salida. Veo a la gente pasar mientras espero paciente a la muchacha que cambia a diario de corte y de tinte, a su amigo de trenzas y a su otro compañero cuyo nombre todavía se me escapa. Entretanto, sale del salón otra muchacha, una compañera que conocí cuando el mundo todavía estaba un poco cuerdo. Me saluda, la saludo y ella sigue su camino.

Por fin sale la gente que esperaba. Hablamos mientras bajamos las escaleras y hasta llegar a la esquina más incómoda de toda la universidad. Me fastidia el calor. Busco disimuladamente el sitio más cercano donde pegue algo de sombra, para mi desgracia está demasiado lejos.

Hablamos de la clase, de los ejercicios que dejó el profesor, de la tarea que hay que entregar pasado mañana. Les pregunto por las otras materias también. Hay quien repite, resignado. También hay quien aprobó a pesar de las circunstancias, pero que anda arrepentido porque no entiende una mierda de lo que está viendo ahora. Empatizo con ellos y parece que el sol se apiada de nosotros. Respiro aliviado, en parte por la piedad del clima, en parte porque me alegra volver a ver seres humanos.

Pasan los minutos. La conversación se agota. El pedacito de intimidad que cada quién estaba dispuesto a compartir se termina y el tiempo futuro se hace presente. Nos despedimos. La muchacha y el de trenzas salen para la de Antioquía, el otro compañero se queda estudiando. Yo no me muevo del lugar. No tengo razones para quedarme, solo quiero disfrutar un poco más lo que las circunstancias me arrebataron durante los últimos dos años. El tapabocas hace que me pique la nariz.


Un paso más de Carmen Johana Calderón Chona

Recuerdo que hace unos años la sola mención de la palabra universidad desataba en mí una curiosidad mórbida; y es que comenzó siendo un sitio misterioso allá por donde lo viera gracias a las historias. ¿A dónde van los personajes cuando acaban el colegio?, solía preguntar y, ante esto, mi madre me miraba abstraída y con aire melancólico. Algunos irán a la universidad. ¿Por qué?, seguía pensando; pero especialmente cuestionaba la razón por la cual existían los que miraban afligidos hacia tal horizonte (después de todo era “un taller de los sueños” como más adelante escuché). De las respuestas que recibí durante los siguientes años, hay una que rememoro con cierta gracia y que era pregonada por mis compañeros de escuela: vas para ser alguien en la vida. Tendría que ser la poco afamada profesora de literatura quien probara la fragilidad de tal argumento; una simple pregunta bastó para sumergir el aula en el silencio. ¿Entonces qué son ahora? Según esa lógica, éramos una nulidad.

Debo admitir que dentro de mi cabeza las voces revoloteaban como polillas carcomiendo horas de sueño e insuflándome el temor a un lugar aún inexistente y, acorde a ello, cuando recibí mi diploma de bachillerato solo supe expresar con voz temblorosa un agradecimiento medianamente cierto mientras mis manos sudorosas recorrían el pedazo de cartón. Ahí supe que iría a la universidad, tal como lo habían dictado mi conciencia, la sociedad y mis padres. Al principio, con la metodología virtual del primer semestre, pude disimular la magnitud de los cambios pues, aunque trabajando con compañeros nuevos y enfrentando situaciones que exigían más responsabilidad de mi parte, me encontraba en casa, al fin y al cabo.  Tuve que pisar por primera vez la universidad, ya en una ciudad tan ajena a mí como yo a ella, para entender que las causas de los desasosiegos no eran el extrañar a mi familia. En realidad, tenía miedo de soltar lo que conocía para arrojarme a la completa oscuridad. ¿Qué me aseguraría que las cosas saldrían bien una vez me despojara de lo que fui para ir en busca de un sueño? Por esto, no puedo evitar preguntarme si esos rostros que pasan a mi lado cuando voy a clase contemplarán los mismos temores.  ¿Son conscientes de que caminan por un túnel oscuro?, y, de ser así, ¿qué esperan encontrar? Ahora, únicamente reconozco a la universidad como un paso y, como todo paso en la vida, tendré que darlo sin saber hacia dónde me llevará.


Cuentos participantes

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